La urbanización de la violencia: los nuevísimos escenarios de las guerras
Tatiana Moura y Silvia Roque, Núclo de Estudios para la Paz - Centro de Estudios Sociales, Universidad de Coimbra
(23/10/07)
En la elaboración de Kaldor (2001), las guerras de los años 90 eran políticas debido a la su vocación de poder, y eran, al tiempo, nuevas por la importancia que ocupaban en ellas las reivindicaciones de políticas de identidad, por sus actores y por los métodos utilizados.
Al margen de estas nuevas guerras emergen aglomerados de zonas de paz violenta, o zonas de indefinición, en donde la presencia y manifestaciones constantes de violencia han ido convirtiéndose en realidades endémicas. Estas manifestaciones de violencia se asocian frecuentemente a países que sufrieron recientemente una transformación política, o que actualmente viven una fase de transición (Winton, 2004: 166).
América Latina constituye uno de los ejemplos más expresivos de una zona de paz violenta o de indefinición, o de un aglomerado de economías de guerra –que resultó y que sigue alimentando las nuevas guerras. En América Latina, una región marcada históricamente por la violencia– guerras civiles, dictaduras represivas, revoluciones – los procesos de desmilitarización y de democratización de los últimos años no significaron una ruptura con el pasado, o la transición hacia un período de paz y estabilidad (Rodgers, 2002: 2), y la población de los países de la región enfrenta actualmente una violencia mucho más polifacética que la anterior violencia política polarizada característica de los años 80 (Pearce, 1998: 58 en Rodgers, 2002). Es decir, la paz formal e institucional no significó una disminución de la violencia sino una «democratización de la violencia» (Rodgers, 2003).
Esa democratización de la violencia toma rostros paradójicos. En casos como Guatemala y El Salvador empezaron a registrarse más muertes en la calma de la paz que en las tormentas de la guerra (Briceño-León, 2002: 13).
Pese a las semejanzas en cuanto a objetivos relativamente a lo que Kaldor llamó «nuevas guerras» (control del territorio y de recursos estratégicos), la escala de estas manifestaciones de violencia es distinta. No se trata ya de conflictos territoriales o por recursos que oponen grupos beligerantes que disputan al Estado el monopolio del uso de la fuerza, sino de concentraciones de gran intensidad de violencia en territorios muy limitados, o micro territorios (barrios, comunidades urbanas, zonas suburbanas), dentro de un contexto nacional de paz aparente, institucionalizada y formal.
Son conflictos que tienen una vocación de poder, es cierto, pero de un poder paralelo, que no pretende sustituir al poder estatal sino cimentarse, en una lógica de pluralismo jurídico e institucional, como control del poder social existente en comunidades delimitadas. Estas novísimas guerras son hiperlocales, pero su diseminación y la articulación densa y concreta de muchas de sus dimensiones las han transformado en un fenómeno global.
De hecho, en esta reconfiguración de las manifestaciones y tipologías de la violencia, los espacios urbanos y sus periferias son los territorios elegidos por las novísimas guerras.
Las ciudades de las “nuevas guerras” (como Tuzla o Mogadishu) aparecen mezcladas con ciudades de países en paz (como Los Angeles o Santo Domingo), lo que confirma la noción de que el recurso a la violencia en larga escala en medios urbanos tiene una larga historia no solamente en áreas de conflicto sino en las maduras democracias liberales del capitalismo avanzado (Lea, 2006: 183). Bristol, Londres, Bradford, Los Angeles, São Paulo, Rio de Janeiro, Paris o Capetown son iconos de estas “emergencias urbanas” (Bergalli y Beiras, 2006). Ellas corresponden a una combinación entre la radicalización contemporánea del fenómeno de la emergencia de la multitud como actor urbano con la proliferación de zones de non-droit (Breman, 2006), en que la urbanización descontrolada junto con la migración rural masiva, el crecimiento dramático de la economía informal, los salarios bajos y la criminalización estigmatizadora de capas sociales enteras determinan el surgimiento, multiplicación y conexión en red de áreas de anarquía en el marco de metrópolis situadas en países en paz formal.
Esta crisis de gobernabilidad, que resulta y tiene como consecuencia el aumento de una nueva tipología de la violencia – urbana, más letal y diseminada, y que dispone de nuevos métodos y actores – ha ido conduciendo a la emergencia de nuevas etiquetas como las de «ciudad fallida», «nuevas selvas urbanas», «urbanización de la guerra» (Esser, 2004) o «urbicídio» (Shaw, 2000).
Pero, la «democratización de la violencia» es imperfecta, y algunos sectores y espacios de la sociedad y de la ciudad son más vulnerables a la violencia que otros. La grande parte de las victimas y victimarios directos son hombres, jóvenes de comunidades pobres. Pero, es esencial entender los roles de las mujeres y los impactos de la violencia en sus vidas, porque las construcciones sociales de género – masculinidades y femineidades – son un eje fundamental de manutención y perpetuación de un sistema de guerra que legitima la violencia (armada) y margina las mujeres. Hablamos de expresiones social y culturalmente enraizadas de conflictos y violencia, más que de expresiones puntuales o aisladas. La violencia ejercida contra las mujeres, en estos contextos, no es una concretización sectorial de la violencia urbana y social, pero si una síntesis de sus principales ingredientes sociales y fundamentos culturales.